NIGHTINGALE & CO

Lilo

perrito-870x300La placita del mercado, en Santurce, barrio antiguo de San Juan de Puerto Rico, congrega a todos los boricuas que busquen animación nocturna. En torno a la plaza que rodea al edificio del mercado, hay bares que ofertan música en vivo para los locales y los turistas, que como nosotros, andamos de la mano de nuestra familia portorriqueña, Marta y Javier, quienes nos están enseñando, de nuevo, el país.

El calor de un mes de abril, la risa de la gente, el cansancio de haber transitado de acá para allá, nos ha dejado a todos con ganas de refrescarnos, y eso hacemos: compramos en un puesto unos mojitos poco cargados y nos dirigimos a un banco junto a la pared del mercado. Desde allí, se divisa un panorama mestizo. Porque junto a los oriundos que bailan prodigiosamente al ritmo de salsa y cumbia, que se han compuesto para seducir y dejar impronta en la noche, se divisan no pocos indigentes que piden limosna, transitando entre los grupos de gente animada.

El botellón sofisticado se mezcla con la corte de los milagros. Un joven americano, muy degradado ya por la heroína, se nos acerca y nos ofrece libros, mientras su piel aparece perlada de sudor y su mirada profundamente azul nos traspasa. Marta nos dice que ese chico, ahora jorobado, hediondo y politoxicómano, era hace tan solo dos años un atractivo gringo que se granjeaba todas las miradas. Qué pena, pensamos todos. Como si no fuéramos a contemplar más degradación; como si el resto de la noche no tuviéramos contacto con la miseria; esa miseria que se agazapaba junto al San Juan divertido y despreocupado, esperando una limosna con la que remontar el día.

Seguimos bebiendo, comentando sobre nuestra vida de playa, de visita a islas paradisiacas, de comidas opíparas y como ahora, de bebidas azucaradas. Nuestra vida de piel bronceada y bien hidratada, de aceites esenciales. Nuestra vida de lo quiero y lo tengo… Cuando lo más surreal ocurre. Empujando el minúsculo carrito de una muñeca, entra en escena un vagabundo algo mayor y  algo ebrio. Se va acercando cuando comprobamos que el carrito está lleno de latas de cerveza vacías que parecen moverse solas. De pronto, el indigente mete la mano entre las latas, y de la nada, extrae un diminuto cachorro de piel muy negra. Se llama Azabache, nos dice. El perrito tiembla en las manos del hombre, que le ha colocado una cuerda a modo de correa y la agita con violencia para provocar la reacción del animal.

La pena nos recorre a todos cuando vemos el maltrato que sufre el cachorro. Marta, que es tan amante de los animales, no puede dejar de pedirle al desalmado que le preste el cachorro. Se lo coloca sobre su vestido de gasa amarillo flúor, aún a sabiendas de que se manchará. Le acaricia pero el perrito sigue temblando, presa del pánico. Miramos la escena con la incredulidad y la duda. ¿Qué hacer en semejante momento?

Pero Marta no. Le pregunta al hombre qué va a hacer con el perrito y cuánto quiere por él. El clochard, que todos sabemos ha extremado el maltrato al perro delante de nosotros para suscitar la transacción, duda. Le pide 20 dólares. Marta se niega y contraoferta con 5. El perro está débil y claramente ellos no necesitan otro en un hogar donde ya viven tres. Pero, ¿cómo dejar a su suerte a ese pobre que nos mira lastimoso, paradójicamente aterido en un ambiente de tanto calor? Marta nos pregunta con la mirada y todos asentimos: hay que rescatarlo.

Se produce la compra y, mientras Marta le quita a Azabache la soga que lleva al cuello, el hombre desaparece. Literalmente. Buscamos hacia dónde ha podido ir o qué reacción ha tenido tras conseguir dinero, pero no le encontramos: se lo ha comido la tierra en un movimiento más propio de un Ninja que de un alcohólico maltrataperros.

Marta propone rebautizarlo y yo sugiero Lilo, masculino de Lily, apodo de Manuela, la amiga que nos ha acompañado en el viaje y a quien cariñosamente hemos nombrado como a la hija del matrimonio gay de la serie Modern Family.

Y con Lilo nos marchamos para casa. Allí, a la luz de los focos, descubrimos que tiene multitud de garrapatas. Lo bañamos y le aplicamos un producto desinsectante. Al día siguiente, llevamos al cachorro al veterinario, para una revisión. Y nos confirman que está muy débil y que hay que tratarle, pero que sobrevivirá.

Pasadas unas semanas, Marta y Javier, tras una campaña en Facebook y el boca a boca, le han encontrado un hogar a Lilo, que a pesar de algunos problemas de salud, es un perro feliz con una dueña que le cuida.

A nuestra familia en San Juan no le ha importado la incomodidad, ni los problemas asociados a su cuidado, ni el dinero que han debido invertir para curarlo. Necesito tatuarme este ejemplo en la frente. Necesito pensar que todos podemos intervenir en algún momento, reaccionar e impedir que la injusticia se instale continuamente ante nuestros ojos. Creer que podemos mejorar lo que tenemos cerca, y con urgencia, abandonar la actitud de cinismo y abulia en la que me encuentro.

Voy buscando por las calles vagabundos que empujen carritos de bebé. Aún no he visto ninguno, pero os iré contando…

Un pensamiento en “Lilo

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