NIGHTINGALE & CO
Nightingale&Co es un blog de carácter personal, formado por un grupo de profesionales sanitarios preocupados por el cuidado integral de las personas, y cuyo compromiso se centra en aportar una visión reflexiva donde la experiencia y los diferentes puntos de vista de los profesionales implicados en los cuidados, puedan servir para mejorar la calidad en la asistencia profesional basada en la evidencia.

Que los peces vuelvan a nadar, por Amaya Horcajo.

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Fotografía Amaya Horcajo 

Me dijeron que en el Reino del Revés, nada el pájaro y vuela el pez…

Así empezaba una de las canciones de mi infancia…y es que ahora esa canción se ha convertido en una melodía muy real.

Pues sí, el mundo está del revés y cada vez hay más señales de ello.

Casi un año ya desde que todo se dió la vuelta…asique resulta que…

Ahora ser positivo es algo negativo, y ser negativo es lo mejor que te puede pasar…

Ahora educar es enseñar a no compartir…A no gritar, a no cantar y a no comer cerca de los demás…

Y ahora miro a mi alrededor y veo compañeros derrotados, desolados por la certeza de que después de una ola vendrá otra y después otra mientras nada cambie…

Pero hubo un tiempo en el que las personas sonreían con los labios y no solo con los ojos…
en que los abuelos daban besos a los nietos y los llevaban de una mano que no olía a hidroalcohol…

Hubo un tiempo en que los profes eran solo maestros, guías que te enseñaban conocimientos y a ser una buena persona y no vigilantes de distancias o expertos en clases online…

Hubo un tiempo en el que las mejores protecciones de la salud eran el casco, el cinturón y el preservativo…

Hubo un tiempo en el que las personas despedían a sus familiares en entierros y misas, arropados por los abrazos de sus seres más queridos…

Hubo un tiempo en que en los hospitales se trabajaba con ilusión, con esperanza y con la convicción de que seguramente tu trabajo serviría para curar a algún pachucho…

Hubo un tiempo en el que yo creía en la justicia, y en lo que siempre me enseñaron de pequeña: que los buenos tienen premio y los malos un castigo…
Sin embargo ahora sucede que los malos tienen vacuna y los buenos deben seguir esperándola.

Porque ahora los pájaros nadan y lo peces vuelan. Y los que hacen las cosas mal encima se graban en video para gritarlo a los cuatro vientos, y además se sienten orgullosos de ser tan osados… sin darse cuenta de que están haciendo que el mundo siga del revés.

Pues yo me niego. Y seguiré buscando la fórmula para rotarlo y conseguir que todo sea como antes, un mundo donde los pájaros vuelen y los peces por fin vuelvan a nadar!

Amaya Horcajo, enfermera UCI

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Desolación (Marzo 2020)

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Fotografía: Patricia Cordero 

Desolación: marzo 2020 

He apuntado mi nombre en la pizarra, la REA se ha convertido en una UCI improvisada.

Donde antes transcurrían los días con pacientes postquirúrgicos ahora se ha transformado en un espacio hacinado, lleno de camas articuladas donde los pacientes descansan boca abajo.

He apuntado mi nombre mientras mi mano temblaba, no era la caligrafía esperada. En estos días en los que todos nos vestimos a un mismo color, donde nuestros rostros quedan sepultados bajo las mascarillas, gafas y máscaras protectoras, es imposible adivinar quién se esconde tras toda esa ceremonial vestimenta, por eso, apuntamos nuestros nombres en apósitos y los pegamos en el pijama. Un pijama desgastado por las horas de cansancio, de movimientos coreografiados, de sudor, de rabia y de impotencia.

Mi nombre, vivo, sonoro, bíblico, apuntado en un apósito para ser reconocida en una jungla de camas donde se respira a muerte.

Hoy he apuntado otro nombre en ese apósito, no era el mío, yo ya no soy la protagonista de esta historia.

Es el nombre del que se ha despedido en el más absoluto silencio y soledad, un apósito que pego con decoro en el sudario.

Es el nombre de la señora que acaba de ingresar, con una bolsa transparente donde se aposenta sus pertenencias y un móvil no cesa de sonar.

Es el nombre de un padre fallecido, el de mi compañero, el cual llora en silencio mientras revisa con resignación los tratamientos de sus pacientes.

Es el nombre del padre de mi amiga Bea, que con calma llamó una tarde para contarme que su padre no podía respirar.

Son los nombres, nombres que tal vez para nosotros no signifiquen nada, nombres que tienen un rostro, una historia vital, una familia, un hogar.

Ha pasado un año desde que comenzó la pandemia, yo sigo con el nudo en la garganta apuntando nombres, en los apósitos y en mi malgastada memoria.

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Fotografía: Patricia Cordero


Querido 2020 por Irene Arribas

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Querido 2020:
Como cada año, te empezábamos con ganas e ilusión, ninguno hubiésemos imaginado ni en nuestros peores sueños lo que se nos venía encima, ni cuánto íbamos a necesitar esas ganas, recuerdo cuando al principio hasta le restamos importancia y decíamos estar preparados…
Todos tenemos un día que lo cambió todo, un día en el que nuestro corazón se encogió, no paraban de ingresar pacientes, uno tras otro, nos faltaban camas, nos faltaban ventiladores, nos faltaban manos y a pesar de eso, nos sobraban las ganas para dar más de nosotros, para multiplicarnos nosotros y multiplicar los espacios, incluso  aún nos sobraban fuerzas para dársela a los pacientes para que lucharán por salir adelante, para humanizar permitiendo el último adiós de unos y las buenas noticias de otros.
Nos sobraba energía para apoyarnos y darnos ánimo entre nosotros.
A pesar de estar agotados y desolados nunca hemos bajado los brazos para dar mucho más, compañeros que a lo largo de estos años se fueron de la unidad por diversos motivos no dudaron en volver para ayudar, gente de otros servicios que se ofrecieron a ir al nuestro igualmente lo dieron todo empezando de cero, pero si hasta llegó gente de otras comunidades dispuestos a ayudar.
Pero tú maldito 2020 has traído algo positivo, nos ha confirmado que nosotros, los sanitarios, elegimos las profesiones más bonitas del mundo, la de estar al lado del que lo necesita, curando, cuidando y acompañando. Algunos días nos preguntamos cómo pudimos elegirla, pero cómo no íbamos a elegirla, si ver a un paciente sonreír y salir de la UCI nos da la vida. Claro que hay días duros, muy duros,  estos meses hemos vivido muchos de esos, pero también hemos vivido momentos bonitos, tengo la sensación de que muchos de nosotros hemos confirmado que no nos equivocamos de profesión y que estamos orgullosos de dedicarnos a ello.
Otra de las cosas que nos has regalado ,querido 2020, es saber valorar mucho más a quién tenemos al lado día a día en el trabajo, nuestros compañeros, y es que si vemos nuestro resumen del año en imágenes pasamos del llanto a la risa recordando cada momento y recordando a quién teníamos al lado, son muchos los compañeros que han estado al pie del cañón a nuestro lado, los de siempre de la unidad y gente nueva, dando ánimo unos a otros en esos momentos de flaqueza,  ya sabíamos que teníamos grandes personas en el día a día, pero creo que todos hemos descubierto mucho más de ellas y lo importante que son todas esas personas.
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Equipo de Enfermería Covid-UCI
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Al final como cada año querido 2020 yo me quedo con lo bueno y mira que esté año nos lo has puesto difícil.
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Fotografía: Irene Arribas

Una Navidad distinta

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UNA NAVIDAD DISTINTA

Desde ni se sabe cuánto tiempo, las fechas que se acercan son días para celebrar el Nacimiento de Jesús y reunirnos con nuestra familia; viajar los que nos encontramos lejos para pasar unos días con ellos y aprovechar para estar con los amigos que no vemos a lo largo del año. ¡Ahh!!…¡que este año no se puede o mejor dicho , no se debe realizar visitas que no sean necesarias!!!.

En esta nuestra profesión, a mediados de octubre los supervisores ya van sacando esas listas donde tienes que elegir lo que quieres trabajar en Navidades o , si es como este año que yo estaba la última en la lista , pues, lo que te dejan …Luego siempre hay posibilidades de realizar cambios, para poder coincidir algún día festivo con tu familia o con los seres queridos …Ahhh…que este año sólo podemos ser seis !!!.

En años anteriores, para poneros en antecedentes, la semana antes de Nochebuena celebrábamos un aperitivo todos los de la Unidad, en él compartíamos charlas distendidas y celebràbamos el amigo invisible acompañados de un hilo musical propio de la época, con villancicos y música alegre, contábamos anécdotas sugeridas a lo largo del año y proyectábamos el vídeo de resumen de todo lo sucedido durante el año, echábamos risas y recordábamos situaciones pasadas …¡Cuánto hemos perdido !!!.

Este año todo va a estar rodeado de cierto halo de incertidumbre, ¡bueno, incertidumbre! , más bien no podemos hacer nada , ni aperitivo, por que somos mucha gente , no podemos celebrar la cena de Navidad del servicio, no podemos disfrutar  del amigo invisible , no podemos, no podemos, no podemos…..vamos q no vamos a poder hacer nada de nada …somos demasiados para juntarnos y poder hacer cualquier cosa “anteriormente normal» ….aforo máximo de seis !!!.

Este año ni siquiera vamos a poder cenar en grupo, no podemos compartir la comida, siempre la noche de Nochebuena o Nochevieja, si teníamos que trabajar cada uno llevaba un plato y preparábamos una mesa digna de cualquier buen restaurante, pero en el Hospital y cuando podíamos cenábamos ,ya fueran las 2 o 3 de la madrugada, en cuanto dábamos la primera vuelta y veíamos cómo se encontraban los pacientes, todo controlado y toda la medicación administrada …. pero este año me llevaré un sándwich !!!.

Las noches festivas de Navidad en los hospitales son muy diferentes a las que pasamos en el hogar, pero este año “se supone» que todas serán iguales .. No podremos juntarnos más de seis personas, todos con mascarillas, cada uno comerá de su plato, ni hablar de compartir, nos lavaremos las manos siempre que sea necesario y con bastante frecuencia .

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Será una Navidad diferente, muchos no podremos estar con los nuestros, algunos porque ya no están aquí y otros porque no podemos ir a visitarlos. Hay que disfrutar al máximo de quienes tenemos al lado y dar las gracias de lo que poseemos , porque este año la Navidad es diferente y tenemos que saber actuar en consecuencia.
Esperamos que todos seamos coherentes, cumpliendo todas las normas que se necesiten para mantener el virus a raya para no tener que pagar las imprudencias de los demás. Nada de fiestas, nada de reuniones clandestinas, este año es mejor estar en casa y el año que viene podremos contarlo y vivirlo mejor .

Hazlo por ti, hazlo por mi, hazlo por todos …
¡Felices Fiestas!


Moiras

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Las tres Moiras. Relieve, tumba de Alexander von der Mark, por Johann Gottfried SchadowAntigua Galería NacionalBerlín
Moiras
Ya he dicho otras veces que soy una enfermera llena de cicatrices. Brillan bajo la bata de plástico. Han hecho de mi cuerpo un mapa. Pero ya no soy eso. Al menos no del todo. Me estoy transformando. Soy un pájaro en un alambre. Doy pequeños saltos para poder guardar el equilibrio. Sólo hay una mirada hacia abajo que me separe del abismo. La gravedad tira de mí con la fuerza de una ley que me atrae hacia el suelo. Mis brazos se han cubierto de plumas. Un vencejo. Eso soy. No vuelo, me dejo caer y planeo en el aire ya desde hace meses. Los párpados han desaparecido. No puedo cerrar los ojos mientras sueño.
El aire se cuela dentro y lagrimeo a todas horas. La mano de mi hija tira de mí mientras caminamos. Reconoce el camino. Hace meses que no estamos en ese lugar vacío, pero ella sabe. Se lanza al parque. Me dice que quiere jugar mucho. Sus ojos brillan. Salta y se lanza una y otra vez en el tobogán. Mis alas quieren moverse de nuevo, pero parecen pegadas al cuerpo. Ya no puedo recordar. La vida de antes. Cuando no vivíamos de esta forma. Esa vida de abrazos. De caras con labios. Se ha diluido en un recuerdo que mi cerebro ha decidido desechar por su cuenta.
Por la noche en la UCI, desde el otro lado de la máscara y la pantalla facial, un paciente acaba de llegar. Intenta hablar. Pero apenas suenan unos silbidos. Suda. Le tiemblan las manos. Las costillas y músculos se mueven tratando de dar espacio a los pulmones. Su vida ahora es una lucha contra lo que no debería estar allí. Mucosidad, inflamación. Escucho en la esquina de la habitación el sonido de la rueca. La Moira retuerce la hebra. Es fina, casi translúcida. La Intensivista explica que es necesario intubar. La infección se ha extendido. El hombre me pide su teléfono. Busco entre sus pertenencias, que alguien ha guardado en una bolsa de plástico -necesito hablar con mi mujer- Marco el número. Intento explicar la situación y al otro lado se hace el silencio.
Fotografía: Ana Medina- UCI HUF
El hombre inspira profundo para poder hablar, pero las explosiones de tos hacen que salten las alarmas una y otra vez en el monitor. Escucho cómo trata de decir los códigos bancarios. Las cuentas. Dispone en un minuto su vida. La de su familia. Quiero abrir la ventana y separar las alas. Dejarme caer. Planear. Pero aquí está prohibido. La rueca gira y el hombre ya se ha unido al ejército de durmientes cuya existencia se divide en decúbito prono y supino. Al otro lado de la cristalera espera la hermana, la otra Moira. La de la tijera. Dispuesta a cortar el hilo en un descuido.
Al volver a casa, en el parque, escucho como unos amigos hacen planes para la Navidad. Sus voces se apagan hasta convertirse en murmullos. Han viajado. O a lo mejor lo he hecho yo. Giramos en órbitas de planetas distintos. En mi cabeza aparecen mesas navideñas llenas de sillas vacías. Me llegan susurros. Son los que llenan ahora mis sueños. Están llenos de muertos. Ahora son también mi familia. Gonzalo, Pedro, Carmen, José María…En mis ojos de vencejo ya no sois nunca más una estadística. Me doléis, como duele lo propio. Esta noche hablaremos en sueños. Mientras gira la rueca. Abriré la ventana y extenderé las alas. Sólo hay que dejarse caer.
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«Un Camino» por Ana María Medina Reina

Querida Maya:

Tu padre levanta la azada escarbando en la tierra. Lo hace sin cuidado, como si quisiera abrir el barro en dos y apelmazarla luego a los lados. Una herida, eso es lo que parece. Ignora que entre sus aguas y terruños te encuentras tú. Unas cenizas. Qué poco puede quedar de una niña de pocos meses… Huesos frágiles y piel. Quiere plantar unos narcisos en el jardín y ordenar el curso de su vida. Como si eso fuera posible. Llenar el verde infinito de la hierba. Poner una nota de color, me dice. Yo he levantado los ojos por un momento para mirarle. Quería que te viera una vez más. Aunque fuera reflejada en mis pupilas dilatadas. Que recordara la suavidad del pulpejo de tus dedos. Luego me he levantado del banco y he entrado en casa para no verlo. Te guardé durante muchos días en una vasija de cristal transparente, hija mía. Necesitaba ver lo que eras ahora para recordar lo inolvidable. Algo que me detuviera en mitad del pasillo para que no entrara en la habitación al escuchar tu llanto. Porque sigo oyéndolo en medio de la noche, mi vida.

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Un canto al fondo del pasillo que guía mi vida. Un sonido invisible. A esas horas mis pechos se yerguen y llenan de leche a tu llamada. Mi vientre añora tus patadas, se siente vacío. Te busca. Mi cuerpo no ha entendido aún tu marcha. En medio del silencio enciendo el sacaleches y lo prendo a mis pezones. El murmullo del extractor se repite una y otra vez y me mece como el arrullo de un gato satisfecho. Duele. Siento calambres. La leche sale y va subiendo el nivel de la botella. Cada marca en la línea medidora canta tu ausencia. Persigue tu boca. Pura vida. Eso parecía cuando se escurría por la comisura. Cuando acabo la guardo en el congelador con la fecha y la hora escrita con claridad. Volveré a repetir el ritual cada tres horas. Ya no hay tiempo. Sólo esos plazos de tres horas. El día, tu día, es un puñado de botellas de cristal llenas de leche.

Cuando volví del hospital, habían hecho desaparecer todos tus muebles y ropa. La cuna ya había dejado un cerco oscuro en el papel de la pared color malva. Te había pintado un crepúsculo de tonos rosas, con un sol sonriente rodeado de nubes. La mudanza apresurada había dejado trozos de papel arrancado y tirados por el suelo. Todo parecía sucio. Sólo quedaba la mecedora. Porque yo no había desaparecido, supongo. Me sentaba a contemplar ese sol pintado con las cortinas cerradas. Sus mofletes hinchados en una sonrisa forzada. Cuando ya no lo pude soportar, colgué el póster de Chase encima. Ese en el que una mujer espera en un banco mientras su hija avanza titubeante apoyada en un muro de piedra. La luz intenta llegar a través de las copas de los árboles. Pero la piedra se alza contra todo. Sólo están ellas. Una mujer sin rostro e inclinada en el banco, vigilando los pasos de su hija. Unas escaleras al fondo esperando el descenso. Quizás eso es lo que soy. Una madre sin rostro. Unas pinceladas en tono ocre. Maya, Maya…Te escucho. Sólo quiero oír el sonido de las hojas al moverse con el viento de la tarde. Mientras, agarro los brazos de la mecedora y me impulso con los pies. Al abrir la palma de la mano sobre la madera, siento frío. Como si lo que tocara fuera piedra. Ya estoy construyendo nuestro muro, niña. Hoy he ido al hospital para llevar tu leche. Las botellas están apiladas en la nevera que llevo apoyada contra mi pecho. No quiero que choquen unas con otras y el cristal se rompa. Al llegar al banco de leche aprieto el timbre y espero la llamada.

Dejo en la mesa la nevera, para lavarme las manos y ponerme la mascarilla. Cuando llegue la enfermera, rellenaré los formularios de donación. La puerta se mueve y aparece Lily. Ya la conoces Maya. Ella te acunó y bañó cientos de veces cuando enfermaste. Con sus manos dirigía el curso de tu vida cuando te conectaba la mascarilla. Me ayudó a vestirte con tu vestido blanco cuando…Nos miramos. Quiero salir de allí. Pero no lo permite. Me abraza. Canta una letra en mi oído mientras mueve sus brazos en mi espalda. Lo reconozco. Así lograba dormirte a ti. Luego me lleva de la mano hacia la UCI. Me resisto. No quiero volver. Pero mis pies siguen el surco que mis zapatos habían dejado meses atrás. Un camino. Lily se detiene junto a una de las cunas sin soltarme. Tira de mí para que me agache. Una madre sostiene a un niño. Parece diminuto. Sus costillas se cierran con dificultad, pero sonríe y mueve los brazos. La mujer sostiene una jeringa llena de leche y la introduce en la boca del bebé poco a poco. Hay gotas que se escurren por la comisura. Pura vida, pienso. Lily señala con el dedo la botella de leche donada, que se encuentra en la mesilla.

La fecha y la hora escritas. Es mi letra. Tiemblo. La mascarilla se arruga porque intento respirar y no puedo. La otra madre eleva la cabeza y me mira. Lo entiende todo. La leche es otro camino entre nosotras. Se levanta del sillón con su niño. Lo aleja de su cuerpo para ponerlo en mis brazos. Apenas pesa. Pero se apoya contra mí. Su calor llega a través de la piel. Lo abrazo. Le canto tu nana, Maya.Su corazón late rápido. Siento su roce en mi pecho. Duele. Lily sigue conmigo. Quiero devolver el niño a su madre, pero lo retengo. Quiero recordar el roce de esa piel fina contra la mía. El rumor de la vida girando en esos pies diminutos, que se mueven debajo del arrullo. El sonido de las hojas llega a través de los cristales movidas por el viento de la tarde. Sé que me esperas, niña. Estás andando con una mano apoyada en el muro de piedra. Sólo unos pasos por delante de mí.


¡Ojalá! por Irene Arribas

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Fotografía: Irene Arribas, enfermera UCI HUF (todas las fotografías tienen copyright)

Ojalá:

Ángel, Jose, Manolo… No sé porqué hoy me acuerdo un poco más de ellos. No sé si es porque ayer al leer el texto de mi compañera Tomy se me abrieron heridas que aún no están cerradas o porque en el turno de noche estuvimos hablando de esos momentos con ellos o sí porque cada vez que veo a alguien sin mascarilla les recuerdo un poco más. Quizás sea un poco por todo.
Y es que la mayoría ya os habéis olvidado, no sólo de ellos, sino de todos; de los fallecidos, de los que estuvieron ingresados, de las familias que no pudieron despedirse, de los sanitarios y no sanitarios que han estado día sí y día también al pie del cañón, pero es que incluso habéis olvidado esos buenos propósitos que decías… «a partir de ahora voy a valorar más los pequeños detalles» … Pues empecemos por valorar lo más simple y a la vez lo más grande, LA VIDA.
La vida que nosotros sí tenemos, pero que ellos: Ángel, Jose o Manolo, entre otros, no tienen. Valoremos que hemos tenido la suerte de no caer enfermos o no haber estado tan grave, valoremos el no haber perdido a ningún familiar, valoremos el simple hecho de estar vivos y poder ayudar a evitar que ese infierno se repita.
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Fotografía: Clara Laguna, enfermera UCI atendiendo a un paciente crítico por Covid19
Sí, yo también he ido a ver a mis familiares o amigos y he ido a tomar algo a alguna terraza, siempre con miedo pero intentando ganarle la batalla a ese maldito miedo cumpliendo con las medidas de higiene establecidas.
Y es que mientras algunos hacéis lo que os da la gana con esas medidas de higiene, otros seguimos llorando por las noches, seguimos teniendo pesadillas, llegamos a casa después de ver a los nuestros y lloramos, porqué el miedo sigue estando, es difícil vencerlo, sufrimos crisis de ansiedad al estar en una terraza o al asomarte a la ventana y ver lo que está sucediendo en la calle. Yo personalmente soy incapaz de ver las noticias sin llorar, siento rabia e impotencia al ver los parques y las terrazas llenas sin cumplir ninguna norma de higiene, sufro estrés, ansiedad y sigo en esa montaña rusa de emociones que me ayuda a gestionar mi psicóloga cada semana, porqué puedo llorar de alegría al ver a grupos con mascarillas y respetando la distancia social y al rato llorar pero de pena de ver que alguien siempre se salta esas medidas.
Siento tristeza de ver que se nos ha olvidado todo demasiado rápido. Hace dos meses estábamos unidos, todo eran buenos propósitos y ahora… Ahora estamos más divididos que nunca, cada uno pensando en su ombligo y olvidándose del resto.
Ojalá y esa inconsciencia de algunos no haga que se repita, ojalá no se llenen otra vez los pasillos de los hospitales de gente por el suelo, ojalá no se vuelva a morir nadie por falta de camas, ojalá no se muera nadie solo y no porque algunos no estemos preparados psicológicamente, sino porqué nadie más tenga que vivir ese infierno.
Recordemos esos buenos propósitos de hace dos meses, por Manolo, José o Ángel entre otros muchos, pero sobre todo por tí, porqué no seas tú quien tenga que vivir ese infierno.
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Fotografía: Irene Arribas, Enfermera UCI – HUF, Madrid.
Irene Arribas
Enfermera de UCI

In Memoriam

En estos últimos diez días a las 12 del mediodía se paraba la actividad para brindar un minuto de silencio en homenaje a todos esos fallecidos por el Covid19, las banderas a media asta. El período de luto oficial más largo de los últimos tiempos. ¿Os habéis puesto a pensar qué siente un paciente durante todo el proceso de ingreso en un hospital, su paso por distintas áreas hasta llegar a la UCI?

Después de vivir lo más duro de esta gran pandemia y tras las experiencias de los pacientes que han sobrevivido; he intentado ponerme en la piel de aquel que se quedó por el camino -que fueron muchos, no es un caso concreto- ni un nombre concreto, es la mezcla de varias situaciones.

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Fotografía : Clara Laguna, enfermera de la  UCI -Hospital Universitario de Fuenlabrada © Madrid.

“ Llevo varios días en Urgencias, llegué con mi familia y no dejaron que me acompañará, ahora estoy SOLO, he tenido la suerte de estar en una cama y en un  box independiente, no respiro bien desde hace días; veo gente correr por aquí, por allá, oigo lamentos de sanitarios que a la desesperada intentan reanimar al señor de al lado…no lo consiguen ,ojos de tristeza, alguna lágrima y yo….sigo sin respirar bien, los médicos me visitan y me dicen que vamos a intentar que entre más aire en los pulmones y para ello me tengo que tumbar boca abajo con una mascarilla que tiene una bolsa, que veo como se infla y desinfla según respiro, así llevo dos días; como no aguanto más y cada vez estoy más débil,  me informan que me suben a la UCI. Viene el celador y coloca la bolsa de mis cosas debajo de la cama y empieza a empujarla por esos pasillos largos de los cuales yo sólo veo las rayas del suelo por que sigo boca abajo.

Por el camino me acompaña una jovencísima doctora, podría ser mi nieta, me va explicando con ternura todo lo que me va a hacer en ese momento…

”” Verás, como te cuesta respirar bien, te vamos a dormir un poco para poder ponerte un tubo en la boca y así poder respirar con ayuda de una máquina, y que tus pulmones   descansen un tiempo, después te cogeremos una vía para poder ponerte la medicación adecuada y que estés lo más confortable posible y poder recuperarte pronto, tu piensa en cosas bonitas”

Pienso en ver a mis nietos… (y todo esto me lo dice cogiéndome la mano y apretándomela con fuerza).

La miro, tiene los ojos vidriosos, me da penita. Por una vía que me cogieron en la Urgencia me han puesto algo porque me vence el sueño y noto que me estáis dando aire con una cosa que habéis apoyado en mi cara y ahora me estáis poniendo un tubo y me auscultáis y conectáis por fin a un respirador, la máquina respira por mi ¡qué alivio siento! Me cubren con una sábana para poder cogerme una vía central y así poder conectarme más perfusiones por si fuera necesario, me cogéis la arteria y la monitorizáis, una sonda vertical y la sonda nasogástrica…me hacéis la radiografía de tórax y un electrocardiograma y de nuevo me colocáis boca abajo. ¡Así tengo que estar por lo menos 16 horas, si se puede, pues unas 24, eso os han dicho que va bien!

No sé cuántos días llevo ya aquí, intentó recordar las veces que me habéis dado la vuelta, no soy consciente de cuantas, he notado como me aseabais, me lavabais la boca, y todo diciéndomelo así con esa voz tan dulce. Cuando despierte quiero ver esa cara a la que pertenece esa voz, me reconforta tanto ¡. Me hacéis sentir que no estoy solo, a cada momento siento vuestra presencia, alguien viene y da la mano, si me muevo, me calma… “Tranquilo todo saldrá bien “.

Me habéis hecho un montón de cambios de posturas para que no me salieran úlceras( eso creía entender),noto esos brazos fuertes del celador como me  cogen cual abrazo de un  ángel y me reconforta la crema que me extendéis por la espalda para quitar las arrugas de las sábanas, el arte que tenéis entre cuatro para estirarlas y que quede  impoluta como si la hubierais  planchando,  el  apagar y encender la luz para orientarme en el tiempo , o más bien saber si es de día o de noche, es un detalle aunque no pueda decirlo, me hace apreciar que un día más  es un día menos. ¡¡RESISTIRÉ!!

Hoy estoy boca arriba, llevo ya  dos días  así, ¡no me lo puedo creer!, ¿eso es que voy bien?…Falsa alarma para mi, me volvéis a poner boca abajo porque una muestra que me habéis extraído dice que respiro mejor así…vienen los fisioterapeutas (eso creía escuchar) para hacer el equipo de prono , porque sólo con cinco personas se puede hacer, después de tantos realizados ya sois unos expertos;  un médico me está cogiendo el tubo de la boca y sujetando  la cabeza con sus manos ,veo como me ponéis unas almohadas y una sábana sobre mí,  me lleváis a un extremo de la cama, me colocáis de lado y ,me ponéis bocabajo …todo bien organizado y con destreza porque casi ni me enteré, ahora me colocáis la cabeza hacia un lado y un brazo levantado , me imagino que estoy nadando ….¡espero durar las horas que han dicho!.

Un ruido desconocido para mí empieza a sonar, corriendo sin demora me volvéis a dar la vuelta…mi alma esta saliendo de mi cuerpo y yo veo como empezáis la RCP, mi corazón se ha parado y yo no me quiero ir…tras unos minutos de masaje y medicación, vuelvo con vosotros. La voz del médico es firme … me falta el aire… pide para coger un tubo de tórax…el TCAE prepara todo el material …no consigo remontar …noto que me estáis clavando un tubo en mi pulmón y empieza a salir el aire, voy respirando mejor…me hacéis una radiografía …me aumentáis la dosis de la perfusión para que descanse después de esta batalla contra la muerte. ¡Esto es velocidad, compenetración y trabajo en equipo!

Pasan los días y no veo a mi familia, necesito verlos, me quiero despedir de ellos porque estoy agotado y no puedo más. Alguien viene y me coge la mano, la noto, me transmite calma, se que uno de vosotros siempre viene a decirme palabras de aliento para que siga siendo fuerte pero esta vez creo que no lo lograré. Escuché al médico decir que llamarán a mi familia, presiento que esto se acaba, lo estoy viendo en su cara, en vuestras caras, no se puede hacer nada más,  mis pulmones están peor cada vez y ya ni la máquina consigue que respire, mi  cuerpo no quiere luchar más,  quiero despedirme de los míos…

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Fotografía UCI Hospital Universitario de Fuenlabrada (Madrid) ©

Oigo una voz conocida , mi esposa, viene con bata, guantes  y mascarilla, me coge la mano y entre sollozos me dice que me ama , que siga adelante , que sea fuerte , pero sabe que esta es la ultima vez que estaremos juntos; ha pasado con mi hijo que la sujeta para que no se caiga y veo como me mira sollozando por el final que se acerca, me susurra  que no me olvidarán, no pueden aguantar y me abrazan , mi cuerpo lo siente pero mi alma esta saliendo ese momento de él porque el hilo de vida que me unía a este mundo desaparece  ….justo en ese momento, en la pantalla del monitor aparece la línea recta con un pitido inconfundible para vosotros .

Habéis  hecho todo lo posible por salvarme, lo humanamente necesario , y más aún,   pero mi cuerpo no ha respondido, no os echéis la culpa de mi partida, era mi destino , hoy era mi día…y sin embargo aunque mi alma no está ahí, os miro desde arriba y veo como me vais despojado de todos los accesorios que me pusisteis, con calma y delicadeza me introducís en un saco de plástico,  vais cerrando la cremallera y al llegar a la cara una enfermera me susurra al oído …“ Puedes ir  tranquilo»…cierra del todo y llega la oscuridad.

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Fotografía: Enfermera UCI Hospital Universitario de Fuenlabrada © pandemia Covid19

Dedicado a todas esas almas que tras una larga vida de lucha y esfuerzo se quedaron en el camino pero no partieron solos, estuvimos los ángeles de alas blancas, azules, verdes, naranjas, no importa el color, todos hemos estado a su lado para que no se sintieran solos porque el corazón nos lo pedía más allá de nuestra profesión, somos humanos …

D.E.P.


Esta es mi historia por Fran Moreno (enfermero SUMMA)

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Fotografía: Francisco Moreno, enfermero SUMMA 112 Madrid- Pandemia Covid19 

Buenos días

Me llamo Fran Moreno y soy enfermero en el SUMMA112 y mi historia es como la de cualquier enfermero o enfermera que siente vocación por este arte de cuidar a las personas (Enfermería ) y que he resultado contagiado en alguno de estos meses atrás por Covid19 y que estando enfermo en casa, quería volver cuanto antes a la trinchera sin importarme en ese momento en la recuperación.

Juntos con otros compañeros, he estado en el grupo de traslados NBRQ ( Nuclear Biológico Radiológico Químico ) del SUMMA112, trasladando de hospitales públicos a privados, de privados a públicos, de IFEMA  a hospitales y de hospitales a IFEMA  a pacientes Covid19 + intubados y en situación muy crítica.

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Fotografía: Fran Moreno Enfermero SUMMA 112 Covid19

Ha sido duro y con una carga de trabajo del 300% pero ha merecido la pena estar ahí en la trinchera con los compañeros.

La situación de ahora no tiene nada que ver con la del principio pero no podemos bajar la guardia y relajarnos, estamos en un punto crítico en la que estamos con fases de desconfinamiento y aquí es donde la gente se relaja. ¡Mucha precaución!.

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Fotografía :Fran Moreno Enfermero SUMMA 112 

 


Mi experiencia frente al Covid19 por Sara Caldera

 

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Fotografía: Sara Caldera, TCAE Hospital Universitario de Fuenlabrada (Madrid).

Hoy compartimos el testimonio de Sara Caldera, ella ha estado en primera línea frente al Covid19 desde el minuto cero. No es una heroína, no lleva capa…pero se merece el respeto de todos y su visibilidad ante la sociedad.

Y nos lo cuenta así:

¡Buenas tardes!
Soy Sara Caldera y me gustaría participar en esta campaña.
Soy auxiliar de enfermería en el Hospital Universitario de Fuenlabrada y llevo trabajando en este hospital desde hace tres años.
A finales de abril me volvieron a llamar de Recursos Humanos para empezar en una planta que estaba cerrada por su apertura para pacientes con neumonía y sospecha de COVID-19. Eran los primeros en Fuenlabrada. Empezamos desde el día 1 de marzo con 9 pacientes los cuales, con el paso de los días llegamos a tener la planta entera con habitaciones triples. Se llenó en cuestión de dos semanas. Aquello era una verdadera locura. Lo que hacías un día, al siguiente nada valía.

Recuerdo la angustia de los familiares por apenas tener información, ya que no daban a basto los médicos, porque no podían ver a su familiar ya que la situación no lo permitía.
Recuerdo la poca, por no decir nula, privacidad entre los pacientes considerados como totales, a la hora de los aseos. Que he de destacar, que eran prácticamente todos, ya que, el que no era dependiente de base, lo era independiente pero no podía moverse ya que los teníamos a todos pronados con vx casi a tope por lo que su movilidad era reducida ya que ante cualquier movimiento se desaturaban, se mareaba y no podían en esos momentos valerse por sí mismos, como para ir al baño.

Recuerdo tener que subir la toma del oxígeno al máximo posible al subir la cremallera del sudario para que el/la compañera de habitación no lo oyese o al menos, se disimulase el sonido un poco. Pero era inevitable. Luego había que sacar el cuerpo y, aunque intentaba tapar con la cortina un poco, sabían perfectamente que su compañero de habitación había caído. Te miraban y con lágrimas en los ojos te preguntaban esperanzados de que no fuese así.
Recuerdo las lágrimas entre compañeros por la impotencia, rabia, pena y mil sentimientos encontrados y no encontrados en esos días.
El asombro que nos llevábamos cuando nos, contábamos el parte y te dabas cuenta de cuántos pacientes faltaban ese día, pero ayer estaban y no esperabas su partida.
Aquellos pacientes que llegaban siendo independientes y acababan en la UCI.

Recuerdo a una paciente consciente, orientada y que sabía cuál era su final en cuestión de apenas horas, quizás días, que nos llamaba con el pequeño hilo de voz que le quedaba para que fuésemos a su habitación porque no quería morir sola. Se estaba ahogando, literalmente, pero no era candidata a UCI por sus complicaciones de base. Y aún con una pseudoCPAP  intercalada con ventimask y reservorio e intentando lo máximo porque saliese, acabó diciéndonos adiós.

Salí llorando de la habitación, llena de rabia y con una pena inmensa.
Pero también recuerdo a una paciente que bajó de la UCI, empezó con rehabilitación porque apenas podía andar pero que se le complicó en el último minutos y acabó de nuevo volviendo al mismo lugar, intubada durante casi dos meses cuyo pronóstico era pésimo pero tenía tanta fuerza, tantas ganas de vivir que salió de nuevo de allí. Subió a planta y junto con la rehabilitación, dentro de lo que cabe, está sana, estable y fuera de peligro. Aquí también lloro, pero de emoción.

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Fotografía Nightingale&Co©

También se me caen las lágrimas al recordar a los soldados a los cuales les hacíamos el típico pasillito para despedirle entre aplausos. Creo que mi trabajo no me ha llenado tanto que en esos momentos, donde entre lágrimas y besos al aire, te dan sus gracias más sinceras y te reconocen como sus ángeles de la guarda.
Batallas como ésta, las vivíamos todos los días. Todos los días había un adiós tanto para bien, como para mal.
Dicen que de todo lo malo siempre hay algo bueno y yo de todo esto saco que hemos aprendido a formar un gran equipo entre médicos, enfermeros, TCAEs, celadores, limpieza y demás personal. Hemos aprendido a guardar la calma, a trabajar codo con codo.
Me quedo también con lo que me ha ayudado esta pandemia a crecer como persona y profesional.
Estoy muy orgullosa de mis compañeros, de todos y cada uno de ellos. Y orgullosa de mí misma.

No me considero una heroína sin capa. Simplemente es mi trabajo. No sólo hemos salvado vidas en esta pandemia, lo hacemos siempre. Y por ello, amo mi trabajo hoy, mañana y siempre.

Sara Caldera