NIGHTINGALE & CO
Nightingale&Co es un blog de carácter personal, formado por un grupo de profesionales sanitarios preocupados por el cuidado integral de las personas, y cuyo compromiso se centra en aportar una visión reflexiva donde la experiencia y los diferentes puntos de vista de los profesionales implicados en los cuidados, puedan servir para mejorar la calidad en la asistencia profesional basada en la evidencia.

Ya se ve la luz

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Ya se ve la luz ….
Hoy es un día muy especial para mí y todos mis compañeros de batallas, hemos cerrado la UCI satélite que tuvimos que abrir para ampliar la nuestra allá por marzo del año pasado …. Por fin!!!
De una UCI de 10 camas pasamos a tener 50 en las áreas más idóneas para ello,REA ,hospital de día quirúrgico y urgencias de ginecología …áreas q se convirtieron en UCIs improvisadas con material que nos llegaban de todos lados ,camas y colchones de empresas dedicadas a ello,respiradores de las facultades de medicina, bombas de perfusión de las principales marcas,y sobretodo personal que se prestaron voluntarios a ir a UCI ,de todas las partes del Hospital incluso de otras provincias ….
Esto nunca lo había vivido , fueron días de stress, de cambiar turnos de planillas para poder estar siempre al pie del cañón, de agotamiento, de sinsabores, de reír y de llorar y de no saber que vas a encontrar al llegar al trabajo ,bueno si , un turno entero con el EPI puesto , ¡¡¡que calor!!!.
Días de miedo ante lo desconocido,no sabíamos a qué nos enfrentábamos , si era contagioso o no , todos tenemos familias y sufrimos por ellos porque no queríamos transmitirles nada de lo que podíamos coger nosotros , miedos,  pesadillas desvelos, cansancio …pero el personal de UCI es así , lo da todo para que ese paciente salga adelante, hacemos bonita la profesión y la vivimos con entusiasmo, ¡¡A mí me encanta !!!..
Llegó el verano y nos dio una tregua ,fuimos bajando de pacientes y cerrando las ucis satélites, pero llegó octubre y el índice de pacientes volvió a subir,abrimos está vez solo otras 18 camas para poder tener unas 20 abiertas ….se llegó a llenar más de unos meses y ahí estuvimos dándolo todo, otra vez  a empezar a revivir lo pasado.
Encima y para colmo, tuvimos un temporal que todos recordaremos por siempre llamado»Filomena» donde, aparte del Covid, tuvimos que ir a currar como podíamos ,otra vez a cambiar planillas para hacer frente a los que no podían acudir y se quedaron aislados sin poder salir, dos horas de viajecito en metro para currar 12 y vuelta para casa otras dos , agotamiento total!!! …
Los casos iban bajando y fuimos cerrando camas hasta llegar al día de hoy donde solo nos quedamos ya con la UCI auténtica con 12 camas, ¡bien!.
En estos meses nos hemos encontrado con un gran número de profesionales que han aprendido cómo se trabaja en una UCI , los veteranos han hecho una gran labor enseñando ,los nuevos aprendiendo cómo se hacen las cosas aquí , en la UCI, sacando el trabajo adelante con tesón y con la mayor ternura ,dedicación y  el sobreesfuerzo humano que ha supuesto para todos y aún así muchos piensan que  la UCI no es para tanto , solo un turno realizando pronos y supinando a la gente los tendría , ese esfuerzo agotador no está pagado.

Captura de pantalla 2020-12-28 a las 18.17.25Fotografía: Equipo multidisciplinar UCI-Covid 2020, HUF, Madrid.

Como decía hoy un compañero ,recogiendo todo lo de los boxes para limpiarse  profundamente y con esmero, :¡se te ponen los pelos de punta pensando todo lo que hemos pasado ahí!!….Hemos reído, hemos llorado ,y mucho, hemos crecido como profesionales y como personas, y aunque ya no volveremos a ser los mismos tras haber vivido lo vivido y pasado por lo que hemos pasado ,estoy orgullosa de todos vosotros , de los nuevos , de los viejos, de los de aquí, de los de allá,…

Y a  todos  quería decirles que:
GRACIAS por el esfuerzo realizado.
GRACIAS por el apoyo en las horas bajas.
GRACIAS por la excelente labor bien hecha.
GRACIAS por dar más del 100%.
GRACIAS por ser los profesionales que habéis estado desde el principio y seguir.
GRACIAS por tanto.
Y espero que esa luz que se empieza a ver sea duradera.
¡Un placer trabajar a vuestro lado!

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Foto: Tomasa Martínez Martínez (TCAE UCI Hospital Universitario de Fuenlabrada, Madrid) en el centro de la imagen.

 

 

 

 

 

 

 


Odisea

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ODISEA

 Dije que era una enfermera llena de cicatrices. Pero ya no. Me he roto. Soy una herida abierta. Roja y sangrante. Expuesta al aire y la suciedad constante. La piel no puede producir más células nuevas. No puede estirarse más, ya no es elástica. El camino del hospital es el mismo, o lo parece. Adoquines dorados cubiertos de hojas mojadas. La luz no cambia. Noto el peso del agua calando las ropas. El nivel del mar asciende. En realidad, viajo por un mar enfurecido que me lleva hasta el metro. El cielo sigue oscuro, los dedos se encogen de frío dentro del bolsillo.

Hay una fila de otras como yo que espera delante del vestuario para recoger el uniforme. Los rostros tratan de no mirar a los furgones negros de la funeraria que aparcan en el lateral. La barbilla se pega al pecho y las pupilas se mueven. Sus manos estrujan el traje blanco de enfermera como si fuera un remo. Las olas golpean las puertas transparentes mientras los hombres del traje oscuro se ajustan los buzos para entrar en los túmulos. Necesito moverme. Chapoteo con los pies por el pasillo y por fin llego a la taquilla. Me desnudo y el calor llega a la espalda. Las heridas escuecen. Quisiera irme de aquí, pero no puedo. Cubro la carne abierta con la tela delgada y la adorno. Meto bolígrafos, mascarilla de repuesto y una horquilla de mi hija.  Miro hacia fuera. Hacia el horizonte.

Es el último día del año. Pero todo está en silencio durante la noche. Los que terminan su turno se van a su casa con el pecho preparado. Parecen fuertes. Pienso en lo jóvenes que son. Todavía sonríen. Con brazos robustos listos para seguir el ritmo de la boga.  Para volver al hogar hay que enfrentarse a dioses y monstruos, les digo.  Un día más, sí. En ese lugar me quedo, con mis cicatrices bien cubiertas con una mascarilla y pantalla. Casi todos los pacientes duermen. A veces boca arriba y otras boca abajo. Habitan una dimensión que no existe. Aquí llega el olor a mar, pero no su sabor salado. Yo manejo su sueño. Alargo los dedos a las bombas para hacer su noche más oscura. Las drogas entran en sus venas, es una bendición. Necesitan descanso. Que sus alas se plieguen y los pensamientos se aquieten en la mente hasta ser olvidados.

Pero no todos duermen, uno sigue despierto.

Me mira con su cuerpo de niño señalando la televisión. Habla, lo intenta. El aire se escapa por un agujero que tiene en la tráquea. Quiere ver las campanadas, me dice. Le pregunto si quiere que llame a su familia y asiente. Los ojos oscuros tienen la miseria de un cuadro de Caravaggio. Trata de coger mi teléfono para llamar él mismo, pero los dedos le fallan. Al otro lado de la pantalla aparecen ellos, su familia. Se encuentran en ese lado del mundo en que todo parece seco y cálido. Gritan. Se oye: Papá, papá. El hombre con cuerpo de niño me arrebata el teléfono y se lo pega a la cara. El reloj suena. El carrillón golpea insistente para concluir un tiempo imaginario. Todos miran a la pantalla. Las campanadas comienzan. El hombre trata de contar, pero el aire se escapa por el agujero:

––Unoho, dohh tehh…

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Imagen: La muerte de la Virgen, Caravaggio ,1606.

La familia sigue sus órdenes y en la habitación queda únicamente el sonido de la televisión y los silbidos. El agua se ha colado por dentro de mi bata. Ha llenado gafas, mascarilla, tela y huesos. Quiero lanzarme al mar, volver. Pero cientos de caras me miran desde las aguas: Carmen, Antonio, Paco, Martín… Ahora son espuma apagada y disuelta.

Amanece. El camino dorado resplandece con su trazado más visible que nunca. Me he quitado los zapatos. Los pies pálidos se hunden en la masa de hojas húmedas. La ropa mojada me pesa y avanzo agachada. El teléfono me manda noticias. Personas que hablan y hacen ruido. Por eso lo apago. Necesito volver a mi casa. Al abrir la puerta, el olor me parece irreconocible. Me tambaleo, oigo las palabras suaves en el piso de arriba.  Su risa. El corazón se triza. No puedo subir las escaleras. La marea sigue recorriendo las plantas de los pies.  Sujeto con mis brazos estirados el dintel de la puerta. Sólo queda llenar el pecho de aire. Una vez más, sí. Y esperar que el agua llegue y lo inunde todo.


“Foto de enfermera recibiendo vacuna sobre fondo claro” por Sara Lospitao

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Foto: Irene Arribas, enfermera UCI HUF 2021©

Soy de las personas que se pueden pasar horas y horas mirando un cuadro en un museo o una exposición, observando los colores, los trazos, los detalles en cada pincelada, cada guiño que el  autor nos regala  a veces de manera intencionada, las formas, el fondo, la textura, la luz, las sombras, la perspectiva, en definitiva, me gusta inventarme  historias de cómo el artista mezclaba en su paleta los tubos de óleo, cómo vivía en su momento histórico, lo que quería decirnos en sus obras… hasta me imagino cómo iría  vestido y en qué lugar de su taller reposaban esas obras aun no acabadas.

Lo mismo me pasa con las fotografías, me gusta disfrutarlas al detalle, con calma, ver lo que se podría ver más allá, descubrir qué nos quiere mostrar el autor.  Me gusta saber que en cada fotografía se esconde una historia, otros tiempos, un personaje, un misterio, una lección, un desenlace, una pasión, un instante.

Hoy me ha pasado justo eso, revisando las redes sociales he deparado en una fotografía. Está hecha en color, desde un móvil de nueva generación. En ella aparece una enfermera recibiendo su primera dosis de la vacuna contra el Covid19. He visto en estos últimos días múltiples fotografías de muchos sanitarios que de manera emotiva y con la intencionalidad de dar ejemplo, que se han inmortalizado en tal acontecimiento. Hoy día, recibir esta vacuna supone dar un paso importante en la lucha contra el coronavirus en esta pandemia.

Esta foto es diferente, ella no mira a la cámara sonriente, sus ojos permanecen cerrados. Su cabeza está delicadamente echada hacia delante. Su brazo izquierdo reposa en su regazo, como el de una bailarina, mientras que con el derecho recoge sutilmente la manga de su pijama. Es una actitud sobria pero meditada, no esconde su abatimiento, ella lleva a sus espaldas muchas horas de esfuerzo y agonía de trabajo en la UCI donde trabaja.

Vuelvo a mirar la foto y la titulo “Enfermera recibiendo vacuna sobre fondo claro”, desconozco quien ha realizado la instantánea y en qué momento del día ha sido. Pero a ella la reconozco, , es una de mis compañeras ,una de mis enfermeras, he compartido largas horas de guardias en noches azules con ella, se cómo son sus ojos, su voz y su sonrisa. Se de lo que es capaz de hacer y lo que es capaz de conseguir.

Ella es minuciosa, detallista y pulcra en su trabajo. Ella nos descubre ,que además de gestos de complicidad, de alegría, complacencia y felicidad, existe otro mucho más valioso, el de recogimiento, el del acto íntimo y personal que formará parte de su historia individual e irrepetible. Descubres entonces que en esa foto sólo podría salir ella, otorgando su firma personal sólo con su presencia.

Ahora miro la foto una y otra vez, e imagino mil historias, cada una diferente, pero todas con un mismo final.  Ella refleja lo que en estos momentos sentimos todas las enfermeras, es fiel reflejo de nuestros sentimientos y nuestro ánimo. Y me identifico con ella.

A través de esa foto, veo un testimonio visible y a la vez, la fragilidad del ser humano.

Llegó la vacuna, si, pero seguimos inmersos en la pandemia que sigue asolando a la humanidad y nos está dando una lección que no queremos aprender.

 

 


Que los peces vuelvan a nadar, por Amaya Horcajo.

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Fotografía Amaya Horcajo 

Me dijeron que en el Reino del Revés, nada el pájaro y vuela el pez…

Así empezaba una de las canciones de mi infancia…y es que ahora esa canción se ha convertido en una melodía muy real.

Pues sí, el mundo está del revés y cada vez hay más señales de ello.

Casi un año ya desde que todo se dió la vuelta…asique resulta que…

Ahora ser positivo es algo negativo, y ser negativo es lo mejor que te puede pasar…

Ahora educar es enseñar a no compartir…A no gritar, a no cantar y a no comer cerca de los demás…

Y ahora miro a mi alrededor y veo compañeros derrotados, desolados por la certeza de que después de una ola vendrá otra y después otra mientras nada cambie…

Pero hubo un tiempo en el que las personas sonreían con los labios y no solo con los ojos…
en que los abuelos daban besos a los nietos y los llevaban de una mano que no olía a hidroalcohol…

Hubo un tiempo en que los profes eran solo maestros, guías que te enseñaban conocimientos y a ser una buena persona y no vigilantes de distancias o expertos en clases online…

Hubo un tiempo en el que las mejores protecciones de la salud eran el casco, el cinturón y el preservativo…

Hubo un tiempo en el que las personas despedían a sus familiares en entierros y misas, arropados por los abrazos de sus seres más queridos…

Hubo un tiempo en que en los hospitales se trabajaba con ilusión, con esperanza y con la convicción de que seguramente tu trabajo serviría para curar a algún pachucho…

Hubo un tiempo en el que yo creía en la justicia, y en lo que siempre me enseñaron de pequeña: que los buenos tienen premio y los malos un castigo…
Sin embargo ahora sucede que los malos tienen vacuna y los buenos deben seguir esperándola.

Porque ahora los pájaros nadan y lo peces vuelan. Y los que hacen las cosas mal encima se graban en video para gritarlo a los cuatro vientos, y además se sienten orgullosos de ser tan osados… sin darse cuenta de que están haciendo que el mundo siga del revés.

Pues yo me niego. Y seguiré buscando la fórmula para rotarlo y conseguir que todo sea como antes, un mundo donde los pájaros vuelen y los peces por fin vuelvan a nadar!

Amaya Horcajo, enfermera UCI

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Desolación (Marzo 2020)

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Fotografía: Patricia Cordero 

Desolación: marzo 2020 

He apuntado mi nombre en la pizarra, la REA se ha convertido en una UCI improvisada.

Donde antes transcurrían los días con pacientes postquirúrgicos ahora se ha transformado en un espacio hacinado, lleno de camas articuladas donde los pacientes descansan boca abajo.

He apuntado mi nombre mientras mi mano temblaba, no era la caligrafía esperada. En estos días en los que todos nos vestimos a un mismo color, donde nuestros rostros quedan sepultados bajo las mascarillas, gafas y máscaras protectoras, es imposible adivinar quién se esconde tras toda esa ceremonial vestimenta, por eso, apuntamos nuestros nombres en apósitos y los pegamos en el pijama. Un pijama desgastado por las horas de cansancio, de movimientos coreografiados, de sudor, de rabia y de impotencia.

Mi nombre, vivo, sonoro, bíblico, apuntado en un apósito para ser reconocida en una jungla de camas donde se respira a muerte.

Hoy he apuntado otro nombre en ese apósito, no era el mío, yo ya no soy la protagonista de esta historia.

Es el nombre del que se ha despedido en el más absoluto silencio y soledad, un apósito que pego con decoro en el sudario.

Es el nombre de la señora que acaba de ingresar, con una bolsa transparente donde se aposenta sus pertenencias y un móvil no cesa de sonar.

Es el nombre de un padre fallecido, el de mi compañero, el cual llora en silencio mientras revisa con resignación los tratamientos de sus pacientes.

Es el nombre del padre de mi amiga Bea, que con calma llamó una tarde para contarme que su padre no podía respirar.

Son los nombres, nombres que tal vez para nosotros no signifiquen nada, nombres que tienen un rostro, una historia vital, una familia, un hogar.

Ha pasado un año desde que comenzó la pandemia, yo sigo con el nudo en la garganta apuntando nombres, en los apósitos y en mi malgastada memoria.

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Fotografía: Patricia Cordero


Querido 2020 por Irene Arribas

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Querido 2020:
Como cada año, te empezábamos con ganas e ilusión, ninguno hubiésemos imaginado ni en nuestros peores sueños lo que se nos venía encima, ni cuánto íbamos a necesitar esas ganas, recuerdo cuando al principio hasta le restamos importancia y decíamos estar preparados…
Todos tenemos un día que lo cambió todo, un día en el que nuestro corazón se encogió, no paraban de ingresar pacientes, uno tras otro, nos faltaban camas, nos faltaban ventiladores, nos faltaban manos y a pesar de eso, nos sobraban las ganas para dar más de nosotros, para multiplicarnos nosotros y multiplicar los espacios, incluso  aún nos sobraban fuerzas para dársela a los pacientes para que lucharán por salir adelante, para humanizar permitiendo el último adiós de unos y las buenas noticias de otros.
Nos sobraba energía para apoyarnos y darnos ánimo entre nosotros.
A pesar de estar agotados y desolados nunca hemos bajado los brazos para dar mucho más, compañeros que a lo largo de estos años se fueron de la unidad por diversos motivos no dudaron en volver para ayudar, gente de otros servicios que se ofrecieron a ir al nuestro igualmente lo dieron todo empezando de cero, pero si hasta llegó gente de otras comunidades dispuestos a ayudar.
Pero tú maldito 2020 has traído algo positivo, nos ha confirmado que nosotros, los sanitarios, elegimos las profesiones más bonitas del mundo, la de estar al lado del que lo necesita, curando, cuidando y acompañando. Algunos días nos preguntamos cómo pudimos elegirla, pero cómo no íbamos a elegirla, si ver a un paciente sonreír y salir de la UCI nos da la vida. Claro que hay días duros, muy duros,  estos meses hemos vivido muchos de esos, pero también hemos vivido momentos bonitos, tengo la sensación de que muchos de nosotros hemos confirmado que no nos equivocamos de profesión y que estamos orgullosos de dedicarnos a ello.
Otra de las cosas que nos has regalado ,querido 2020, es saber valorar mucho más a quién tenemos al lado día a día en el trabajo, nuestros compañeros, y es que si vemos nuestro resumen del año en imágenes pasamos del llanto a la risa recordando cada momento y recordando a quién teníamos al lado, son muchos los compañeros que han estado al pie del cañón a nuestro lado, los de siempre de la unidad y gente nueva, dando ánimo unos a otros en esos momentos de flaqueza,  ya sabíamos que teníamos grandes personas en el día a día, pero creo que todos hemos descubierto mucho más de ellas y lo importante que son todas esas personas.
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Equipo de Enfermería Covid-UCI
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Al final como cada año querido 2020 yo me quedo con lo bueno y mira que esté año nos lo has puesto difícil.
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Fotografía: Irene Arribas

Una Navidad distinta

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UNA NAVIDAD DISTINTA

Desde ni se sabe cuánto tiempo, las fechas que se acercan son días para celebrar el Nacimiento de Jesús y reunirnos con nuestra familia; viajar los que nos encontramos lejos para pasar unos días con ellos y aprovechar para estar con los amigos que no vemos a lo largo del año. ¡Ahh!!…¡que este año no se puede o mejor dicho , no se debe realizar visitas que no sean necesarias!!!.

En esta nuestra profesión, a mediados de octubre los supervisores ya van sacando esas listas donde tienes que elegir lo que quieres trabajar en Navidades o , si es como este año que yo estaba la última en la lista , pues, lo que te dejan …Luego siempre hay posibilidades de realizar cambios, para poder coincidir algún día festivo con tu familia o con los seres queridos …Ahhh…que este año sólo podemos ser seis !!!.

En años anteriores, para poneros en antecedentes, la semana antes de Nochebuena celebrábamos un aperitivo todos los de la Unidad, en él compartíamos charlas distendidas y celebràbamos el amigo invisible acompañados de un hilo musical propio de la época, con villancicos y música alegre, contábamos anécdotas sugeridas a lo largo del año y proyectábamos el vídeo de resumen de todo lo sucedido durante el año, echábamos risas y recordábamos situaciones pasadas …¡Cuánto hemos perdido !!!.

Este año todo va a estar rodeado de cierto halo de incertidumbre, ¡bueno, incertidumbre! , más bien no podemos hacer nada , ni aperitivo, por que somos mucha gente , no podemos celebrar la cena de Navidad del servicio, no podemos disfrutar  del amigo invisible , no podemos, no podemos, no podemos…..vamos q no vamos a poder hacer nada de nada …somos demasiados para juntarnos y poder hacer cualquier cosa “anteriormente normal» ….aforo máximo de seis !!!.

Este año ni siquiera vamos a poder cenar en grupo, no podemos compartir la comida, siempre la noche de Nochebuena o Nochevieja, si teníamos que trabajar cada uno llevaba un plato y preparábamos una mesa digna de cualquier buen restaurante, pero en el Hospital y cuando podíamos cenábamos ,ya fueran las 2 o 3 de la madrugada, en cuanto dábamos la primera vuelta y veíamos cómo se encontraban los pacientes, todo controlado y toda la medicación administrada …. pero este año me llevaré un sándwich !!!.

Las noches festivas de Navidad en los hospitales son muy diferentes a las que pasamos en el hogar, pero este año “se supone» que todas serán iguales .. No podremos juntarnos más de seis personas, todos con mascarillas, cada uno comerá de su plato, ni hablar de compartir, nos lavaremos las manos siempre que sea necesario y con bastante frecuencia .

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Será una Navidad diferente, muchos no podremos estar con los nuestros, algunos porque ya no están aquí y otros porque no podemos ir a visitarlos. Hay que disfrutar al máximo de quienes tenemos al lado y dar las gracias de lo que poseemos , porque este año la Navidad es diferente y tenemos que saber actuar en consecuencia.
Esperamos que todos seamos coherentes, cumpliendo todas las normas que se necesiten para mantener el virus a raya para no tener que pagar las imprudencias de los demás. Nada de fiestas, nada de reuniones clandestinas, este año es mejor estar en casa y el año que viene podremos contarlo y vivirlo mejor .

Hazlo por ti, hazlo por mi, hazlo por todos …
¡Felices Fiestas!


Moiras

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Las tres Moiras. Relieve, tumba de Alexander von der Mark, por Johann Gottfried SchadowAntigua Galería NacionalBerlín
Moiras
Ya he dicho otras veces que soy una enfermera llena de cicatrices. Brillan bajo la bata de plástico. Han hecho de mi cuerpo un mapa. Pero ya no soy eso. Al menos no del todo. Me estoy transformando. Soy un pájaro en un alambre. Doy pequeños saltos para poder guardar el equilibrio. Sólo hay una mirada hacia abajo que me separe del abismo. La gravedad tira de mí con la fuerza de una ley que me atrae hacia el suelo. Mis brazos se han cubierto de plumas. Un vencejo. Eso soy. No vuelo, me dejo caer y planeo en el aire ya desde hace meses. Los párpados han desaparecido. No puedo cerrar los ojos mientras sueño.
El aire se cuela dentro y lagrimeo a todas horas. La mano de mi hija tira de mí mientras caminamos. Reconoce el camino. Hace meses que no estamos en ese lugar vacío, pero ella sabe. Se lanza al parque. Me dice que quiere jugar mucho. Sus ojos brillan. Salta y se lanza una y otra vez en el tobogán. Mis alas quieren moverse de nuevo, pero parecen pegadas al cuerpo. Ya no puedo recordar. La vida de antes. Cuando no vivíamos de esta forma. Esa vida de abrazos. De caras con labios. Se ha diluido en un recuerdo que mi cerebro ha decidido desechar por su cuenta.
Por la noche en la UCI, desde el otro lado de la máscara y la pantalla facial, un paciente acaba de llegar. Intenta hablar. Pero apenas suenan unos silbidos. Suda. Le tiemblan las manos. Las costillas y músculos se mueven tratando de dar espacio a los pulmones. Su vida ahora es una lucha contra lo que no debería estar allí. Mucosidad, inflamación. Escucho en la esquina de la habitación el sonido de la rueca. La Moira retuerce la hebra. Es fina, casi translúcida. La Intensivista explica que es necesario intubar. La infección se ha extendido. El hombre me pide su teléfono. Busco entre sus pertenencias, que alguien ha guardado en una bolsa de plástico -necesito hablar con mi mujer- Marco el número. Intento explicar la situación y al otro lado se hace el silencio.
Fotografía: Ana Medina- UCI HUF
El hombre inspira profundo para poder hablar, pero las explosiones de tos hacen que salten las alarmas una y otra vez en el monitor. Escucho cómo trata de decir los códigos bancarios. Las cuentas. Dispone en un minuto su vida. La de su familia. Quiero abrir la ventana y separar las alas. Dejarme caer. Planear. Pero aquí está prohibido. La rueca gira y el hombre ya se ha unido al ejército de durmientes cuya existencia se divide en decúbito prono y supino. Al otro lado de la cristalera espera la hermana, la otra Moira. La de la tijera. Dispuesta a cortar el hilo en un descuido.
Al volver a casa, en el parque, escucho como unos amigos hacen planes para la Navidad. Sus voces se apagan hasta convertirse en murmullos. Han viajado. O a lo mejor lo he hecho yo. Giramos en órbitas de planetas distintos. En mi cabeza aparecen mesas navideñas llenas de sillas vacías. Me llegan susurros. Son los que llenan ahora mis sueños. Están llenos de muertos. Ahora son también mi familia. Gonzalo, Pedro, Carmen, José María…En mis ojos de vencejo ya no sois nunca más una estadística. Me doléis, como duele lo propio. Esta noche hablaremos en sueños. Mientras gira la rueca. Abriré la ventana y extenderé las alas. Sólo hay que dejarse caer.
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«Un Camino» por Ana María Medina Reina

Querida Maya:

Tu padre levanta la azada escarbando en la tierra. Lo hace sin cuidado, como si quisiera abrir el barro en dos y apelmazarla luego a los lados. Una herida, eso es lo que parece. Ignora que entre sus aguas y terruños te encuentras tú. Unas cenizas. Qué poco puede quedar de una niña de pocos meses… Huesos frágiles y piel. Quiere plantar unos narcisos en el jardín y ordenar el curso de su vida. Como si eso fuera posible. Llenar el verde infinito de la hierba. Poner una nota de color, me dice. Yo he levantado los ojos por un momento para mirarle. Quería que te viera una vez más. Aunque fuera reflejada en mis pupilas dilatadas. Que recordara la suavidad del pulpejo de tus dedos. Luego me he levantado del banco y he entrado en casa para no verlo. Te guardé durante muchos días en una vasija de cristal transparente, hija mía. Necesitaba ver lo que eras ahora para recordar lo inolvidable. Algo que me detuviera en mitad del pasillo para que no entrara en la habitación al escuchar tu llanto. Porque sigo oyéndolo en medio de la noche, mi vida.

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Un canto al fondo del pasillo que guía mi vida. Un sonido invisible. A esas horas mis pechos se yerguen y llenan de leche a tu llamada. Mi vientre añora tus patadas, se siente vacío. Te busca. Mi cuerpo no ha entendido aún tu marcha. En medio del silencio enciendo el sacaleches y lo prendo a mis pezones. El murmullo del extractor se repite una y otra vez y me mece como el arrullo de un gato satisfecho. Duele. Siento calambres. La leche sale y va subiendo el nivel de la botella. Cada marca en la línea medidora canta tu ausencia. Persigue tu boca. Pura vida. Eso parecía cuando se escurría por la comisura. Cuando acabo la guardo en el congelador con la fecha y la hora escrita con claridad. Volveré a repetir el ritual cada tres horas. Ya no hay tiempo. Sólo esos plazos de tres horas. El día, tu día, es un puñado de botellas de cristal llenas de leche.

Cuando volví del hospital, habían hecho desaparecer todos tus muebles y ropa. La cuna ya había dejado un cerco oscuro en el papel de la pared color malva. Te había pintado un crepúsculo de tonos rosas, con un sol sonriente rodeado de nubes. La mudanza apresurada había dejado trozos de papel arrancado y tirados por el suelo. Todo parecía sucio. Sólo quedaba la mecedora. Porque yo no había desaparecido, supongo. Me sentaba a contemplar ese sol pintado con las cortinas cerradas. Sus mofletes hinchados en una sonrisa forzada. Cuando ya no lo pude soportar, colgué el póster de Chase encima. Ese en el que una mujer espera en un banco mientras su hija avanza titubeante apoyada en un muro de piedra. La luz intenta llegar a través de las copas de los árboles. Pero la piedra se alza contra todo. Sólo están ellas. Una mujer sin rostro e inclinada en el banco, vigilando los pasos de su hija. Unas escaleras al fondo esperando el descenso. Quizás eso es lo que soy. Una madre sin rostro. Unas pinceladas en tono ocre. Maya, Maya…Te escucho. Sólo quiero oír el sonido de las hojas al moverse con el viento de la tarde. Mientras, agarro los brazos de la mecedora y me impulso con los pies. Al abrir la palma de la mano sobre la madera, siento frío. Como si lo que tocara fuera piedra. Ya estoy construyendo nuestro muro, niña. Hoy he ido al hospital para llevar tu leche. Las botellas están apiladas en la nevera que llevo apoyada contra mi pecho. No quiero que choquen unas con otras y el cristal se rompa. Al llegar al banco de leche aprieto el timbre y espero la llamada.

Dejo en la mesa la nevera, para lavarme las manos y ponerme la mascarilla. Cuando llegue la enfermera, rellenaré los formularios de donación. La puerta se mueve y aparece Lily. Ya la conoces Maya. Ella te acunó y bañó cientos de veces cuando enfermaste. Con sus manos dirigía el curso de tu vida cuando te conectaba la mascarilla. Me ayudó a vestirte con tu vestido blanco cuando…Nos miramos. Quiero salir de allí. Pero no lo permite. Me abraza. Canta una letra en mi oído mientras mueve sus brazos en mi espalda. Lo reconozco. Así lograba dormirte a ti. Luego me lleva de la mano hacia la UCI. Me resisto. No quiero volver. Pero mis pies siguen el surco que mis zapatos habían dejado meses atrás. Un camino. Lily se detiene junto a una de las cunas sin soltarme. Tira de mí para que me agache. Una madre sostiene a un niño. Parece diminuto. Sus costillas se cierran con dificultad, pero sonríe y mueve los brazos. La mujer sostiene una jeringa llena de leche y la introduce en la boca del bebé poco a poco. Hay gotas que se escurren por la comisura. Pura vida, pienso. Lily señala con el dedo la botella de leche donada, que se encuentra en la mesilla.

La fecha y la hora escritas. Es mi letra. Tiemblo. La mascarilla se arruga porque intento respirar y no puedo. La otra madre eleva la cabeza y me mira. Lo entiende todo. La leche es otro camino entre nosotras. Se levanta del sillón con su niño. Lo aleja de su cuerpo para ponerlo en mis brazos. Apenas pesa. Pero se apoya contra mí. Su calor llega a través de la piel. Lo abrazo. Le canto tu nana, Maya.Su corazón late rápido. Siento su roce en mi pecho. Duele. Lily sigue conmigo. Quiero devolver el niño a su madre, pero lo retengo. Quiero recordar el roce de esa piel fina contra la mía. El rumor de la vida girando en esos pies diminutos, que se mueven debajo del arrullo. El sonido de las hojas llega a través de los cristales movidas por el viento de la tarde. Sé que me esperas, niña. Estás andando con una mano apoyada en el muro de piedra. Sólo unos pasos por delante de mí.


¡Ojalá! por Irene Arribas

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Fotografía: Irene Arribas, enfermera UCI HUF (todas las fotografías tienen copyright)

Ojalá:

Ángel, Jose, Manolo… No sé porqué hoy me acuerdo un poco más de ellos. No sé si es porque ayer al leer el texto de mi compañera Tomy se me abrieron heridas que aún no están cerradas o porque en el turno de noche estuvimos hablando de esos momentos con ellos o sí porque cada vez que veo a alguien sin mascarilla les recuerdo un poco más. Quizás sea un poco por todo.
Y es que la mayoría ya os habéis olvidado, no sólo de ellos, sino de todos; de los fallecidos, de los que estuvieron ingresados, de las familias que no pudieron despedirse, de los sanitarios y no sanitarios que han estado día sí y día también al pie del cañón, pero es que incluso habéis olvidado esos buenos propósitos que decías… «a partir de ahora voy a valorar más los pequeños detalles» … Pues empecemos por valorar lo más simple y a la vez lo más grande, LA VIDA.
La vida que nosotros sí tenemos, pero que ellos: Ángel, Jose o Manolo, entre otros, no tienen. Valoremos que hemos tenido la suerte de no caer enfermos o no haber estado tan grave, valoremos el no haber perdido a ningún familiar, valoremos el simple hecho de estar vivos y poder ayudar a evitar que ese infierno se repita.
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Fotografía: Clara Laguna, enfermera UCI atendiendo a un paciente crítico por Covid19
Sí, yo también he ido a ver a mis familiares o amigos y he ido a tomar algo a alguna terraza, siempre con miedo pero intentando ganarle la batalla a ese maldito miedo cumpliendo con las medidas de higiene establecidas.
Y es que mientras algunos hacéis lo que os da la gana con esas medidas de higiene, otros seguimos llorando por las noches, seguimos teniendo pesadillas, llegamos a casa después de ver a los nuestros y lloramos, porqué el miedo sigue estando, es difícil vencerlo, sufrimos crisis de ansiedad al estar en una terraza o al asomarte a la ventana y ver lo que está sucediendo en la calle. Yo personalmente soy incapaz de ver las noticias sin llorar, siento rabia e impotencia al ver los parques y las terrazas llenas sin cumplir ninguna norma de higiene, sufro estrés, ansiedad y sigo en esa montaña rusa de emociones que me ayuda a gestionar mi psicóloga cada semana, porqué puedo llorar de alegría al ver a grupos con mascarillas y respetando la distancia social y al rato llorar pero de pena de ver que alguien siempre se salta esas medidas.
Siento tristeza de ver que se nos ha olvidado todo demasiado rápido. Hace dos meses estábamos unidos, todo eran buenos propósitos y ahora… Ahora estamos más divididos que nunca, cada uno pensando en su ombligo y olvidándose del resto.
Ojalá y esa inconsciencia de algunos no haga que se repita, ojalá no se llenen otra vez los pasillos de los hospitales de gente por el suelo, ojalá no se vuelva a morir nadie por falta de camas, ojalá no se muera nadie solo y no porque algunos no estemos preparados psicológicamente, sino porqué nadie más tenga que vivir ese infierno.
Recordemos esos buenos propósitos de hace dos meses, por Manolo, José o Ángel entre otros muchos, pero sobre todo por tí, porqué no seas tú quien tenga que vivir ese infierno.
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Fotografía: Irene Arribas, Enfermera UCI – HUF, Madrid.
Irene Arribas
Enfermera de UCI