NIGHTINGALE & CO

«Un Camino» por Ana María Medina Reina

Querida Maya:

Tu padre levanta la azada escarbando en la tierra. Lo hace sin cuidado, como si quisiera abrir el barro en dos y apelmazarla luego a los lados. Una herida, eso es lo que parece. Ignora que entre sus aguas y terruños te encuentras tú. Unas cenizas. Qué poco puede quedar de una niña de pocos meses… Huesos frágiles y piel. Quiere plantar unos narcisos en el jardín y ordenar el curso de su vida. Como si eso fuera posible. Llenar el verde infinito de la hierba. Poner una nota de color, me dice. Yo he levantado los ojos por un momento para mirarle. Quería que te viera una vez más. Aunque fuera reflejada en mis pupilas dilatadas. Que recordara la suavidad del pulpejo de tus dedos. Luego me he levantado del banco y he entrado en casa para no verlo. Te guardé durante muchos días en una vasija de cristal transparente, hija mía. Necesitaba ver lo que eras ahora para recordar lo inolvidable. Algo que me detuviera en mitad del pasillo para que no entrara en la habitación al escuchar tu llanto. Porque sigo oyéndolo en medio de la noche, mi vida.

camino

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Un canto al fondo del pasillo que guía mi vida. Un sonido invisible. A esas horas mis pechos se yerguen y llenan de leche a tu llamada. Mi vientre añora tus patadas, se siente vacío. Te busca. Mi cuerpo no ha entendido aún tu marcha. En medio del silencio enciendo el sacaleches y lo prendo a mis pezones. El murmullo del extractor se repite una y otra vez y me mece como el arrullo de un gato satisfecho. Duele. Siento calambres. La leche sale y va subiendo el nivel de la botella. Cada marca en la línea medidora canta tu ausencia. Persigue tu boca. Pura vida. Eso parecía cuando se escurría por la comisura. Cuando acabo la guardo en el congelador con la fecha y la hora escrita con claridad. Volveré a repetir el ritual cada tres horas. Ya no hay tiempo. Sólo esos plazos de tres horas. El día, tu día, es un puñado de botellas de cristal llenas de leche.

Cuando volví del hospital, habían hecho desaparecer todos tus muebles y ropa. La cuna ya había dejado un cerco oscuro en el papel de la pared color malva. Te había pintado un crepúsculo de tonos rosas, con un sol sonriente rodeado de nubes. La mudanza apresurada había dejado trozos de papel arrancado y tirados por el suelo. Todo parecía sucio. Sólo quedaba la mecedora. Porque yo no había desaparecido, supongo. Me sentaba a contemplar ese sol pintado con las cortinas cerradas. Sus mofletes hinchados en una sonrisa forzada. Cuando ya no lo pude soportar, colgué el póster de Chase encima. Ese en el que una mujer espera en un banco mientras su hija avanza titubeante apoyada en un muro de piedra. La luz intenta llegar a través de las copas de los árboles. Pero la piedra se alza contra todo. Sólo están ellas. Una mujer sin rostro e inclinada en el banco, vigilando los pasos de su hija. Unas escaleras al fondo esperando el descenso. Quizás eso es lo que soy. Una madre sin rostro. Unas pinceladas en tono ocre. Maya, Maya…Te escucho. Sólo quiero oír el sonido de las hojas al moverse con el viento de la tarde. Mientras, agarro los brazos de la mecedora y me impulso con los pies. Al abrir la palma de la mano sobre la madera, siento frío. Como si lo que tocara fuera piedra. Ya estoy construyendo nuestro muro, niña. Hoy he ido al hospital para llevar tu leche. Las botellas están apiladas en la nevera que llevo apoyada contra mi pecho. No quiero que choquen unas con otras y el cristal se rompa. Al llegar al banco de leche aprieto el timbre y espero la llamada.

Dejo en la mesa la nevera, para lavarme las manos y ponerme la mascarilla. Cuando llegue la enfermera, rellenaré los formularios de donación. La puerta se mueve y aparece Lily. Ya la conoces Maya. Ella te acunó y bañó cientos de veces cuando enfermaste. Con sus manos dirigía el curso de tu vida cuando te conectaba la mascarilla. Me ayudó a vestirte con tu vestido blanco cuando…Nos miramos. Quiero salir de allí. Pero no lo permite. Me abraza. Canta una letra en mi oído mientras mueve sus brazos en mi espalda. Lo reconozco. Así lograba dormirte a ti. Luego me lleva de la mano hacia la UCI. Me resisto. No quiero volver. Pero mis pies siguen el surco que mis zapatos habían dejado meses atrás. Un camino. Lily se detiene junto a una de las cunas sin soltarme. Tira de mí para que me agache. Una madre sostiene a un niño. Parece diminuto. Sus costillas se cierran con dificultad, pero sonríe y mueve los brazos. La mujer sostiene una jeringa llena de leche y la introduce en la boca del bebé poco a poco. Hay gotas que se escurren por la comisura. Pura vida, pienso. Lily señala con el dedo la botella de leche donada, que se encuentra en la mesilla.

La fecha y la hora escritas. Es mi letra. Tiemblo. La mascarilla se arruga porque intento respirar y no puedo. La otra madre eleva la cabeza y me mira. Lo entiende todo. La leche es otro camino entre nosotras. Se levanta del sillón con su niño. Lo aleja de su cuerpo para ponerlo en mis brazos. Apenas pesa. Pero se apoya contra mí. Su calor llega a través de la piel. Lo abrazo. Le canto tu nana, Maya.Su corazón late rápido. Siento su roce en mi pecho. Duele. Lily sigue conmigo. Quiero devolver el niño a su madre, pero lo retengo. Quiero recordar el roce de esa piel fina contra la mía. El rumor de la vida girando en esos pies diminutos, que se mueven debajo del arrullo. El sonido de las hojas llega a través de los cristales movidas por el viento de la tarde. Sé que me esperas, niña. Estás andando con una mano apoyada en el muro de piedra. Sólo unos pasos por delante de mí.

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