NIGHTINGALE & CO

Las enfermeras… y aquella fragancia

 

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 Por Fernando Savater

LAS ENFERMERAS…

Soy de los que no le reconocen al dolor ningún mérito ni ningún provecho, pese a la opinión contraria de tantos moralistas para los que al bueno se le nota la virtud en lo mucho que padece o esos pedagogos horrendos que hacen entrar la letra con sangre. No es verdad que “quien bien te quiere, te hará llorar”: el que te quiere de verdad procura que no sufras o te alivia cuando inevitablemente estás sufriendo. Sin embargo, quitarnos de las sienes la corona de espinas y destronar al dolor de su prestigio no implica aborrecerlo hasta el punto de ignorar su vinculación con nuestros placeres: el que ama disfrutar no puede considerar totalmente inaceptable padecer, porque el mismo cuerpo sensual nos permite lo uno y nos impone lo otro.

La alegría de vivir no le plantea exigencias a la condición humana, en la que el sufrimiento está incluido. Y la anestesia es un bendito paliativo momentáneo, pero resulta la muerte en vida si se perpetúa como el único nirvana que nos atrevemos a desear. Amén de constituir un peligro, pues el dolor es una señal de alarma y no poder padecerlo, nos deja desarmados, como señaló en un artículo reciente Rosa Montero.

¿De qué dolor estoy hablando? Desobedeceré este aforismo de Cioran, repitiéndolo: “Una verdad que no habría que decir nunca a nadie: sólo hay sufrimientos físicos”. Lo que pasa es que en nosotros, los humanos, lo físico siempre se la arregla para trastornarnos el alma…Por tanto, por favor, que nos ayuden a sufrir lo menos posible o que al menos no nos dejen solo en la rabia del dolor. En la vida hay muchas tareas y valoro ante todo las que atraen júbilo, pero la de asistir o acompañar al doliente no me parece desdeñable frente a ninguna otra, ni siquiera menos gozosa, siempre que respete la opinión del que sufre sobre su propio sufrimiento.

El dolor implica una humillación porque nos pone en manos de los demás, a la par que nos despersonaliza: nada se parece tanto  como un gemido a otro y los órganos averiados se singularizan, pero a costa nuestra. Ayudar al que sufre debe, pues, consistir en no aprovechar nunca su desvalimiento para manipularte (¡ni siquiera “por su bien”!), en respetar la frágil dignidad embrutecida por los padecimientos y en apoyar esa personalidad irrepetible que por inercia se convierte en simple “caso clínico”.

Esta forma de tratar con el dolor no es sólo humanitaria, sino, ante todo, humanista y tropieza con grandes dificultades para aplicarse en nuestros hospitales masificados, donde se agolpan demasiadas personas como para que logren seguir siendo consideradas del todo y todo el tiempo como personas. De aquí el enorme mérito del personal sanitario que conserva en la práctica ese difícil humanismo clínico pese a las circunstancias adversas.

Y dentro de ese personal yo destacaría a las Enfermeras, porque me parece que su función las hace estar de manera más permanente, mucho más detallista, en contacto con las incidencias penosas del sufrimiento. El médico interviene para curar, aparece y desaparece con algo de superioridad taumatúrgica sobre el paciente, pero la enfermera sigue a mano hora tras hora, lidiando las quejas, aliviando con una sábana limpia o una almohada fresca el lento arrastrarse de la duración del dolor, lo que más nos escandaliza de él. El acierto del médico nos puede salvar la vida, pero el humanismo de la enfermera nos conserva lo dignamente humano de nuestra vida durante los padecimientos: nos ayuda a ser compatibles con nuestro dolor. Ambas cosas son vitalmente importantes…

Me hace gracia esa costumbre de las enfermeras de llamar a los pacientes por su nombre de pila: lo primero que pierde uno al entrar al hospital o una clínica es el apellido. Te sientes así más joven y, por tanto, como más propicio a la salud. Y también tiene algo de conmovedor ese truco de hacernos preguntas sobre el trabajo o el lugar de origen para distraernos del mal trago que estamos pasando. Aunque a veces el resultado sea mediocre. Como ese buen hombre al que, mientras le metían una sonda por cierto órgano comprometido, la enfermera le preguntó casualmente de dónde era y él aulló, no sin cordialidad: “¡De Santander, coño!”.

… Y AQUELLA FRAGANCIA

La primera enfermera suele ser la madre: y es la que nos prepara lo mejor de todas las demás. Cuando estaba enfermo de pequeño, al comenzar a remitir la fiebre, la mía me frotaba la frente y las manos con agua de colonia. Aquella fragancia quedó para siempre en mi recuerdo como el triunfo sobre el dolor, presagio perfumado de la salud nueva. Aún ahora vuelve su memoria para aliviarme y darme ánimo en los peores trances. Estoy seguro de que, por débil que sea, podré olerla también en mi agonía y desmentirá a la muerte.

 

Fernando Savater  (La boca desbocada: El País)

 

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8 pensamientos en “Las enfermeras… y aquella fragancia

  1. francisca

    Mi sobrina es enfermera trabaja en Rea y un enfermo me decía que cuando ella entraba en la habitación aparecía un ángel con su eterna sonrisa y quien la conozca así. Dirá que es cierto! Te quiero MAría Jesús. Del hospital de Alcorcón

  2. enfermeroide

    Estoy cansado de este tipo de escritos, más alla de agradecer la intención y sin desmerecer lo que se dice creo que enfermería YA NO ES SOLO la qe le cambia la almohada y le da una sábana.La enfermería de hoy tiene una capacidad científico -técnica superiór, cuando hacemos algo no lo hacemos solo para que el paciente se encuentre mejor y consolarle que también si no por que detrás de cada acción existe una base teórico-científica que sustenta la actividad a realizar, si a día de hoy todavía SOLO se quedan con lo cariñosos que somos, la sábana que le ponemos o que usemos el nombre de pila es que seguimos fallando en algo….así que lo siento, no puedo decir que me gusta.

  3. Reyes Velazquez

    Gracias!!! Las Enfermeras estamos acostumbradas a ser invisibles .Que alguien nos recuerde es importante. ………
    Pero como decía el Principito ” lo esencial resulta invisible para los ojos”.
    Otra vez gracias!!!!!

  4. Fascinante

    El gran maestro Fernando Savater! Con la elocuencia que lo caracteriza, quien mueve el mas intrincado sentimiento sazonando con un baño de realidad

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